Permitidme que empiece este texto con una aclaración y el relato de un doble vínculo emocional. En nuestro manifiesto (ver editorial Cinergia nº1) dejamos claro que esta no es una revista de actualidad y, sin embargo, aquí estamos, con un especial dedicado a la 46a edición del Festival de Sitges (lo siento, nunca me gustó el cambio de nombre), clausurada el pasado 20 de octubre.

 

Veréis, de pequeño, antes incluso de saber qué era Halloween, un servidor acudía a Sitges en fechas festivaleras para disfrutar del ambiente, dispuesto a recibir en cualquier momento un susto de algún monstruo paseante (no necesariamente un zombi). Muchas veces volvía a casa sin haber visto ninguna película (la mayoría no eran autorizadas) pero daba igual. Recuerdo comer rodeado de telarañas y hacerme alguna foto con un vampiro. La implicación de la gente era total. Desde entonces, el festival, como yo, se ha hecho grande y ha perdido su inocencia, pero uno, que en el fondo es un romántico, se mantiene fiel.