NOCTURNO O LA ESPECTRALIDAD

DE LA MIRADA.

Más que una película, Nocturno es una experiencia. Un ejercicio fílmico cuya textura pasa del onirismo más lynchiano, moldeado como una suerte de realismo mágico en clave audiovisual, al documental narrativo. Una estrategia con la que Álvaro F. Pulpeiro hace deslizarse, con gran pericia, a los espectadores al interior de una especie de limbo emocional que nos resistimos a abandonar.

 

Con un principio que parece haber sido arrancado de la mitología griega, a saber, unos bellísimos planos nocturnos de un oleaje embravecido, acompañado por lo que parecen ser cantos de sirenas, seguido de un plano detalle del ojo de un marinero, que espera en una habitación de hotel suspendida en el espacio y en el tiempo. Un personaje que, a pesar de su absoluta fisicidad, presentada por el párpado de ese ojo cuajado de titánicas pestañas, nos liga irremediablemente a unas vivencias ilusorias, lisérgicas, que hacen que nos sintamos arrullados. Espacio y personaje conectan con todo lo que el mar arrastra y esconde. 

 

Por otra parte, somos testigos del rígido funcionamiento de un barco de pesca en Montevideo, poblado por un gran número de marineros, jerarquizados en función de su nacionalidad, y especializados en la pesca del tiburón. La manera de mostrar la cotidianeidad de sus actos nos acerca a la relevancia de lo fútil, a través de numerosos planos detalle: un guiso que hierve en una olla, un cuchillo que trocea verduras, un cortauñas, cuya presencia adquiere la idiosincrasia de lo imprescindible. Toda una serie de imágenes, en fin, que resultan preciosistas en su sencillez. 

 

En medio del océano la ligazón con la tierra tiene lugar mediante las pantallas de los móviles y del ordenador. Las antiguas y roídas fotografías de las compañeras de los marineros aparecen ahora espectrales en las pantallas de estos dispositivos.  

 

La representación de la femineidad en la película exhibe a partes iguales el pecado y la virtud. La prostituta logra corporeizar el mar y presentarlo hecho carne en la figura del marinero, así como el culto mariano y la pureza de la infancia hacen de faro protector y restituyen aquello que se ha perdido.   

 

Con la voluntad de Juan Rulfo, la iluminación de Terence Davis, la espectralidad de Maya Deren y David Lynch y el espíritu de Apichatpong Weerasethakul, Álvaro F. Pulpeiro consigue que nos rindamos al prodigio de su cine, a la elegancia de su mirada, a lo vaporoso de su espíritu. 

© Mireia Iniesta, julio 2019