Fake it till you make it.

Apuntes sobre la necesidad de la representación.

 

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Reconozco haber usado el aforismo inglés que encabeza este artículo alguna que otra vez en mis clases, antes de algún role play por ejemplo, para animar a los estudiantes a desinhibirse y confiar en sí mismos. Antes de que algo surja de manera natural, es preciso fingirlo, representarlo. Por falsa que sea la situación, el gesto o la palabra, esta falsedad contiene la semilla de lo que un día será verdadero. Es más, a menudo ni siquiera somos conscientes de que aquello que hoy nos parece mentira dice algo de nosotros que desconocemos, que está agazapado en nuestro interior, esperando el momento de su revelación.

 

Últimamente, quizá influido por las consecuencias de la pandemia (ocultación del rostro, aumento del contacto virtual…), he pensado bastante sobre todo esto. Y como suele ocurrir, el cine ha venido a acompañarme en mis pensamientos. Títulos recientes como ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? (Alexandre Koberidze, 2021) o Un polvo desafortunado o porno loco (Radu Jude, 2021) me han contado  sus preocupaciones al respecto. También La ruleta de la fortuna y la fantasía (2021) o Drive My Car (2021), pero la relación de Ryûsuke Hamaguchi con el mundo del teatro y la actuación merece un artículo propio.

 

Además de todas estas películas vistas en cine en los últimos meses, algunas de las antiguas que he visto en casa han querido, inesperadamente, sumarse al discurso. Aunque ahora me pregunto si elegirlas fue un acto del todo inocente. Una de ellas es Man Hunt (1941), la primera de las películas anti-nazi de Fritz Lang. Y por una escena de este film me gustaría empezar.

 

Thorndike (Walter Pidgeon), un conocido cazador inglés de vacaciones en Baviera, divisa al mismísimo Adolf Hitler desde lo alto de una colina. Espoleado por el simple placer de la caza, simula abatirlo. Sin embargo, un soldado alemán lo ve y, a partir de ese momento, será perseguido por la Gestapo. Casi al final, nuestro héroe está escondido en una cueva refugio. El comandante alemán Quive-Smith (George Sanders) lo ha localizado. Por enésima vez, Thorndike le dice que nunca tuvo la intención de matar a “su maldito Führer”. Quive-Smith, por fin, le responde que le cree. Pero lo que cree, precisa, es que Thorndike se estaba engañando a sí mismo cuando fingía matar a Hitler. Le asegura que, en realidad, es un “asesino inconsciente”, y le anuncia que se dispone a quitarle “la máscara de inglés civilizado” que lleva desde que nació. Acto seguido, con la ayuda de un palo, le pasa por un agujero el gorro de la joven con la que Thorndike ha intimado.

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Thorndike está abatido, pero se le brinda una segunda oportunidad. Lang establece un paralelismo visual con el inicio del film, adoptando de nuevo el punto de vista del protagonista, identificándose con él. El círculo de la mira telescópica del arma de Thorndike, al principio de la película, es substituido por el del pequeño agujero en la cueva a través del cual el ratón puede dar caza al gato. Esta vez el gesto implicará la acción. Man Hunt se cierra, por si fuera poco, con nuestro héroe alistándose al ejército. Quive-Smith tenía razón. La simulación encierra un deseo verdadero y, probablemente, sea el puente que hay que cruzar antes de reconocerlo.

 

El cine y la literatura han recurrido en infinidad de ocasiones a la representación y la impostura como estrategias de ocultación y engaño. Dos ejemplos coetáneos de Man Hunt y, como esta, relacionados con el nazismo, son Ser o no ser (Ernest Lubitsch, 1942), en la que un actor polaco simula ser un coronel alemán para colarse en el cuartel general de las SS, y El gran dictador (Charles Chaplin, 1940), protagonizada por un barbero judío que es confundido con un trasunto de Adolf Hitler. Pero, sin salir del contexto nazi, quien se emparenta mejor con Thorndike es el ladrón Emmanuele Bardone de El general de la Rovere (Rossellini, 1959), contratado por el Tercer Reich para hacerse pasar por un militar antifascista e infiltrarse en un grupo de prisioneros de la Resistencia. Bardone se toma tan en serio su papel que acaba asumiéndolo hasta sus últimas consecuencias.

 

Un caso intermedio entre el engaño consciente a otros y el engaño inconsciente a uno mismo es el de Scaramouche (George Sidney, 1952), cuyo protagonista ya es fruto de una ocultación (ignora tener origen noble) y, además, recurre a la máscara cuando, perseguido por una supuesta traición a la corona, se une a una compañía ambulante y se transforma en Scaramouche. Seguramente, su personalidad está más cerca del personaje de la Comedia del Arte (un bufón que hace sátira del poder) que de un refinado miembro de la nobleza.

 

Si la representación puede encerrar un deseo verdadero, si fingir un gesto puede ser una preparación para reconocer nuestra identidad, puede que el cine, como arte de la simulación, sea el paso previo para que la verdad acabe revelándose, incluso de manera inconsciente. Y de esto nos hablan tanto Alexandre Koberidze en ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? como Radu Jude en Un polvo desafortunado o porno loco.

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¿Qué vemos cuando miramos al cielo? nos cuenta la historia de un chico (Giorgi) y una chica (Lisa) que, tras conocerse de manera accidental, son víctimas de una maldición por la cual sus rostros cambiarán de un día para otro. Al no poder reconocerse, su idilio quedará interrumpido. La transmutación de Lisa se produce pidiendo explícitamente al espectador que cierre los ojos durante unos segundos para volverlos a abrir al sentir la señal. De esta manera, Koberidze nos hace partícipes de la transformación de su actriz protagonista, cómplices de la magia del cine. Así, los nuevos cuerpos continuarán sus vidas casi como si nada, con la misma naturalidad con la que el espectador los sigue mirando. Sin un drama fantástico que resolver en pantalla, el cineasta georgiano puede detenerse en otros elementos -de carácter más observacional- que le interesan más, pero que no atañen a este artículo.

 

Al final del film, un pequeño equipo de rodaje pide a los dos protagonistas transfigurados participar en una serie de retratos de parejas. Giorgi y Lisa explican que no son pareja pero, ante la insistencia de los realizadores, se prestan a escenificarlo. Koberidze no juega al despiste y, como prevemos, la cámara acaba revelando sus verdaderas identidades. Giorgi y Lisa han tenido que pasar por una representación, y verse reflejados en una pantalla de cine, para reencontrarse de nuevo. En una película que expone las dificultades para ver, así como la imposibilidad de representar la realidad -una realidad que la voz en off llega a falsear sin rubor-, el cine se postula como una herramienta útil para capturar lo esencial e inasible de la vida, su lógica interna, si es que existe tal cosa.

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Emi, la profesora de Historia de secundaria que protagoniza Un polvo desafortunado o porno loco empieza y acaba la película luciendo una máscara. La primera es un antifaz de leopardo que responde al terreno del juego privado: está filmando un vídeo casero mientras practica sexo con su marido. La última la convierte en una superheroína de cómic que se venga de la falsa moral de una sociedad puritana y prejuiciosa. Entre medias, Emi y el resto de los personajes llevan la mascarilla higiénica anti Covid. No solo hay actuación en el sexo. La reunión-juicio en la que la asociación de padres debate la expulsión de Emi, a causa de la accidental viralización del mencionado vídeo, es una pantomima en la que, en realidad, todo el mundo oculta algo.

 

El rumano Radu Jude hace una radiografía tan loca como certera de la deriva fascista que recorre Europa estos días. La disolución de la frontera entre la esfera pública y la privada, el sometimiento de la realidad al ruido de las redes y las fake news, el obsceno triunfo del capitalismo, visible en las calles de Bucarest. Pero, y esto es lo que más nos interesa aquí, certifica la impostura cotidiana, señala las distintas máscaras que nos ponemos durante el día.

 

Temáticamente, Un polvo desafortunado… no está lejos de Toni Erdmann (Maren Ade, 2016) cuya acción, curiosamente, también pasa en Rumanía, un país que, como se dice en la propia película, está tan obsesionado con aparentar, que ha acabado convertido en una copia vulgar de Alemania, exhibiendo su riqueza aún a costa de esconder a su gente.

 

Ines, la protagonista, es consultora, una profesión que implica interpretar, como la de profesora. Pero Ines, al contrario que Emi, se ha convertido en su máscara hasta olvidarse de sí misma. Tiene un coach para saber cómo debe comportarse y vive en un mundo en el que hasta los momentos de diversión (cfr. la escena en la discoteca con los compañeros de trabajo) están condicionados por la pose y el enmascaramiento (la música a todo volumen, el consumo de cocaína…). Por eso es su padre (Winfried) el que llevará el peso de la transformación y el reencuentro con ella misma. Él se maquilla, bromea constantemente poniéndose una dentadura postiza… Ines se siente incómoda con las máscaras lúdicas porque son explícitas, nos exponen más de lo que nos ocultan. La que lleva ella, en cambio, forma parte de un pacto de silencio. Además, solo busca complacer a los demás.

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El padre de Ines inventa el alter ego de Toni Erdmann para acercarse a su hija en su ambiente, pero nunca deja de ser Winfried interpretando a Toni. Aún con la peluca y la falsa dentadura, la figura del padre siempre está presente cuando Ines está cerca. Esta dualidad explícita del personaje, esta representación expuesta, burda, dirigida expresamente al personaje de Ines, genera en la protagonista un cortocircuito, llegando a desnudarla literal y metafóricamente.

 

Pero, cuidado, que caigan algunas máscaras no significa que no las necesitemos. Las protagonistas de Un polvo desafortunado… y Toni Erdmann no están dispuestas a renunciar a nada. La primera se reafirma en el derecho a su vida privada y entiende la necesidad de la impostura en el ámbito público. Ines, al final, es más consciente del peligro de perderse en este juego de apariencias, pero no va a dejar su profesión, por muchos riesgos que implique. Y es que quien no puede disfrazarse, está condenado al ostracismo. En la calle, o en cualquier otro espacio de tránsito, todos aspiramos a representar bien nuestro papel de ciudadanos anónimos civilizados. En un grupo humano, contamos con la complicidad de sus miembros para mantener la imagen que hemos creado, ya sea como pacto de no agresión o por el bien de un objetivo común.

 

La cuestión aquí es, otra vez, ¿qué papel juega el cine en esta lógica de la ocultación? Quizá el mejor resumen se ubique en la sección central de Un polvo desafortunado…, una especie de diccionario aforístico visual en el que la letra C está reservada al cine. Radu Jude nos recuerda, en este pequeño fragmento, el mito de Perseo. Para poder matar a la monstruosa Medusa, capaz de convertir en piedra a quien la mire a los ojos, Atenea entrega a Perseo un escudo. Guiándose por el reflejo de Medusa en este escudo, Perseo podrá decapitarla.

 

La interpretación del mito es bien conocida: no podemos ver el horror real porque nos paraliza. Así que sabremos cómo es observando imágenes que reproduzcan su apariencia. Y eso es lo que hace el arte: refleja, permite mirar el espanto sin que nos paralice. Si hablamos de cine, la pantalla sería, por tanto, el equivalente al escudo pulido que usó Perseo, un medio para acceder a un mundo al que a veces cuesta mirar.

© Xavi Romero, abril 2022