LAS INVISIBLES DEL COVID 19.

Una crisis de cuidados racista y patriarcal.

Al parecer el poder que tienen los virus es que son invisibles. Están ahí como un fantasma, rodeando nuestra cotidianidad, ingresando en nuestros cuerpos, aniquilando las existencias más vulnerables. Usualmente convivimos con ellos, los normalizamos y, en tanto no afecten nuestro estado de confort, no nos obsesionan sus perversos mecanismos.

Desde hace tiempo hay un virus peligrosísimo que ha nacido y se ha extendido dentro de las sociedades euroblancas: el colonialismo. Y no, para eso no existe una vacuna.

¡Vaya paradoja! Hoy es otro virus con corona el que viene a visibilizar sus distintas facetas. Poniendo sobre la mesa las graves repercusiones que tiene sobre aquellos colectivos racializados sin los que esta vieja Europa no podría subsistir. Uno de ellos es sin duda el conformado por las trabajadoras internas del hogar. Mujeres venidas de países extracomunitarios, en su mayoría sin papeles, condenadas a subsistir velando por nuestros niños y mayores en condiciones laborales de absoluta precariedad.

Pensando al respecto, me acordé de dos documentales que hace escasos meses -como si estuvieran anunciando la crisis de cuidados por venir-, salían a la luz casi simultáneamente: Cuidar entre terres (2019), producido por CooperAcció y La Directa; y Al otro lado del cuidado (Denis Nadal, 2019), de la cooperativa audiovisual Bruna.

Piezas de mensaje claro y sin florituras, que nos acercan a una realidad de sobras conocida, pero que jamás fue contada desde el lente de quien la padece. Jugando con una construcción del relato en la que la prioridad son los cuerpos y la voz de unas mujeres valientes y conscientes de sus derechos pero, a la vez, sobre las que cae todo el peso de un sistema patriarcal y colonial. Nos hablan de ellas, las que nos cuidan, pero a las que no cuida nadie.

Por un lado, Cuidar entre terres ayuda a profundizar en los aspectos geopolíticos que, junto con las lógicas de la gran maquinaria capitalista, perpetúan distintas estructuras de explotación. Es más, se alimentan y se mantienen gracias a ellas. Con ese objetivo, nos plantea un viaje interoceánico hacia los territorios de origen de las protagonistas. Concatenando, a medida que avanza el metraje, una serie de ideas que no suelen ponerse en relación. Pero que son claves para encontrar la punta del ovillo.

Será el saqueo de los recursos naturales en las “ex-colonias"(1) por parte de empresas del norte global –mecanismos de extractivismo salvaje y asesinato de comunidades enteras por delante-, el principal acelerador de los procesos migratorios campo-ciudad y ciudad-países del exterior. Será también la imposición por la fuerza –militar si hace falta- de medidas neoliberales impulsadas por los poderes fácticos transnacionales, la culpable de haber ampliado las brechas de desigualdad, dando paso a la búsqueda de métodos de subsistencia al otro lado del océano. Y todo esto acompañado de ejes transversales como son el machismo, el racismo y el clasismo. El resultado es una estratificación social y laboral, basada en categorías sexuales o raciales. Es decir, que ser mujer, pobre y de piel morena, te convierte a ojos del sistema en alguien a excluir, explotar o invisibilizar(2).

De este caldo de cultivo sistémico, el Estado español se ha beneficiado enormemente. Y amparándose en la Ley de Extranjería, no solo cierra sus fronteras para llenar ese gran cementerio que es el mar Mediterráneo, sino que también ejerce el racismo institucional de manera cotidiana dentro de ellas. Exigiendo requisitos excluyentes basados en criterios de ingresos, años de permanencia o contratos laborales, que hacen que los colectivos migrantes más empobrecidos jamás puedan salir de una situación administrativa de irregularidad(3). Y, por tanto, jamás podrán acceder al régimen de derechos fundamentales –como puede ser el de los servicios sanitarios, tan importante en tiempos de pandemia-, de los que gozan las capas blancas y privilegiadas de la sociedad.

Pero más allá de todas estas consideraciones de economía política y absurdas cláusulas legales, de lo que se trata aquí es de mujeres con sueños, deseos y afectos. Es ahí donde entra en escena Al otro lado del cuidado, cuyo planteamiento nos acerca a las historias de algunas de las trabajadoras internas desde la intimidad. Permitiendo así poner en valor una serie de experiencias y dificultades poco consideradas a la hora de aproximarnos a la labor que realizan.

Es en ese recurso testimonial donde saldrá a la luz un factor común que, hoy más que nunca, debemos repensar y agendar en nuestro orden de prioridades. Y es el hecho de que las actividades dedicadas al cuidado están inevitablemente permeadas por los afectos. Por una dedicación que no termina al mismo tiempo que la jornada laboral, sino que muta en un vínculo emocional entre empleadores y trabajadoras. Ellas no han pasado por procesos de profesionalización ni tienen reglamentos que las amparen. Se ha asumido que por el simple hecho de ser mujeres nacen sabiendo cómo cuidar, cómo contener y hacerlo desde el cariño y la responsabilidad. Y quizás haya sido este factor –además de las ya mencionadas prácticas coloniales- el que ayudó a normalizar una explotación amparada en esa imposible delimitación emocional.

Si hemos configurado un modelo de sociedad basado en priorizar el trabajo productivo a favor de la acumulación de capital, antes que enfocarnos en los cuidados, entonces ¿cómo pensamos atender a nuestros abuelos y abuelas, a nuestros hijos e hijas? ¿hasta cuándo esta tarea recaerá en las mujeres del núcleo familiar? O, en sociedades como las europeas, donde esta figura se ha disuelto dentro de la clase media y alta, ¿seguiremos naturalizando la contratación irregular de migrantas bajo condiciones inferiores en cuanto a derechos y salario? Es hora de poner la vida en el centro. Todas las vidas, no sólo las blancas. Girar el punto de percepción hacia todas las que dejaron sus familiares, amigues, luchas y proyectos por detrás. Hacia las que llegaron al Estado español en busca de un trabajo con el que subsistir o con el que sostener a quienes las vieron partir.

Quizás por ese motivo, lo más interesante de ambos documentales esté en su capacidad de realizar otro tipo viaje. Aquel que tiene que ver con las vivencias migratorias. Todas acompañadas de dolores, saberes y aprendizajes. Porque no, no es fácil ser extranjera en tu lugar de residencia, pero tampoco en el de proveniencia. Mucho menos, verte envuelta en extraños procesos burocráticos que te expulsan día tras día. Y cuesta demasiado interiorizar que el racismo y otras formas de violencia propias de las geografías europeas te traspasan la existencia.

Sin embargo, como demuestran las protagonistas de estas historias, son aquellas herramientas experienciales las que les han permitido romper con los estigmas de victimización o criminalización que les suele otorgar la sociedad. Tomando, en cambio, el timón de la lucha para reconocerse diversas pero hermanadas y organizarse colectivamente, creando redes feministas de empoderamiento colectivo mediante las cuales revertir lo aparentemente inamovible. Se puede adivinar en sus voces determinadas, en su mirada. Se ha acabado el silencio y la invisibilización. Y esto sólo acaba de empezar.

Para que salgamos más fuertes y solidarias de esta pandemia, “cuida a quien te cuida”(4).

© Gabriela Vargas, abril 2020

 

 

(1) Definición discutible, puesto que se continúa interviniendo en ellas como colonias.

(2) Cabe mencionar también, dentro de este viaje interoceánico al que se enfrenta el documental, el hecho de que algunas de estas mujeres ya eran cuidadoras, no solo de sus propias familias, sino de su comunidad y territorio frente a políticas extractivistas.

(3) Algunos datos: hay alrededor de 600.000 migrantes en situación administrativa irregular en el Estado español. 7 de cada 10 trabajadoras del hogar son migrantas extracomunitarias, de las cuales el 96% se dedica a los cuidados. En 2018 se han contabilizado 130 millones de horas diarias de trabajo de cuidados no remunerado (Web “Cuidar entre terres”: www.cuidarentreterres.directa.cat)

(4) La campaña “cuida a quien te cuida” fue lanzada por el colectivo de trabajadoras internas del hogar “Mujeres Migrantes Diversas”, para hacer frente a la emergencia sanitaria del COVID-19. Su fin es dar apoyo a este sector, puesto que la mayoría de ellas está en situación laboral irregular, sufriendo despidos injustificados o falta de pagas, y las medidas tomadas por el gobierno no las contempla ni son suficientes para satisfacer sus necesidades básicas. Para dar apoyo visita la página:

https://es.gofundme.com/f/caja-deresistencia-trabajadoras-del-hogarcuidados