¡Qué raro que me llame Walsh!

No existen treinta y seis maneras de mostrar

cómo un hombre se sube a un caballo

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Últimamente me obsesiona la noción de archivo y la meto en todas partes, en todas mis reflexiones y análisis, en todos mis textos. Las diferentes aproximaciones teóricas a los archivos audiovisuales se han adherido a mi mente como se adhería el Napalm a las superficies, de un modo pegajoso y con un efecto calcinador. Sufro, además, de un "mal desconocido" que hace que mi mente no archive, que recuerde apenas a retazos, que solo retenga la primera o segunda palabra de un título o una sola escena de toda una película, eliminando el resto. Esta característica mía, que me hace quedar fatal en las cenas con otros compañeros y compañeras del mundo de la crítica, ya que se ven en la obligación de adivinar las películas a las que deseo referirme con un sinfín de pistas morosas, me hace empatizar especialmente con el profesor de No existen treinta y seis maneras de mostrar cómo un hombre se sube a un caballo, de Nicolás Zukerfeld, y con su obsesivo esfuerzo por encontrar la fuente exacta de una cita de Raoul Walsh que da título a la película para ilustrar mejor sus clases de cine clásico.

 

Las obsesiones y los caminos que trazan son sagradas. En mi caso, son lo más estable y abigarrado que hay en mi vida. Así que, cuando vuelvo a mi obsesión por el archivo y por el recuerdo, al igual que el profesor de la película (el propio Zukerfeld), y cuando pienso en la esencia misma del cine clasificado en la memoria, con la pasión cinéfila como acicate, no puedo dejar de recordar a Jean-Luc Gordard y a sus Histoire(s) du cinéma (1989-1999).

La primera parte de No hay treinta y seis maneras… está dedicada a la acumulación de escenas de películas de Walsh, una recopilación cuidadosamente seleccionada. Un intento de aproximación fidedigna a las diferentes escenas, retazos y gestos repetidos: caballos, caballos y mujeres, caballos y cadáveres, umbrales y tormentas, desfallecidos, enfermos, convalecientes, más cadáveres, telegramas, despertares, llegadas, puertas que se abren y puertas que se cierran. Es verdad que Godard construyó un texto audiovisual con una doble intención. Por un lado, esperaba plasmar la relación entre el cine y la historia, y por el otro, crear una macro pieza ensayística, autobiográfica, caprichosa y personalísima. En la película de Zukerfeld, la primera parte apunta a lo más fidedigno y testimonial que ofrece el cine, las imágenes. La segunda parte es un intento de alcanzar el mismo grado de evidencia donde la evidencia sencillamente no existe. 

Una voz en off describe la concienzuda búsqueda del origen de la cita de Walsh, que recurre a todo tipo de contactos y de fuentes acreditadas, en especial personas destacadas del mundo de la crítica, como Carlos Losilla o Fernando Ganzo, entre otros. Sin que nadie ni nada, ni persona ni texto sean capaces de dar con el origen exacto de la cita de marras. 

 

Y es en este punto cuando recuerdo a Federico García Lorca y su poema llamado De otro modo, cuyos dos últimos versos dicen:  

 

Entre los juncos y la baja tarde,

¡qué raro que me llame Federico!

 

El poeta pone en cuestión su propia identidad en un contexto determinado, a una hora determinada. Como el cine, que se pone en cuestión a sí mismo, o sería más correcto decir que el director, el cinéfilo, el estudioso, el profesor y el crítico lo ponen en cuestión cuando sienten que no pueden asirlo en su vastedad ontológica. Cuando ven que la memoria es una poderosa estafadora que nunca conduce de forma nítida a lo evidente. Algo que la mente preclara de Godard entendió y corrigió volviendo a dicha evidencia. Es decir, a las imágenes originales. Tal como hace Zukerfeld en la primera parte de su película y tal como concluye con la frase final de la misma: la respuesta está en el propio cine. 

© Mireia Iniesta, agosto 2021