Renovarse o morir. Esta máxima, válida para casi cualquier ámbito de la vida, atenaza también al universo cine. En sus ciento y tantos años de existencia, la exhibición cinematográfica y el cine como medio de expresión se han enfrentado a numerosas muertes, de las que siempre ha escapado, aunque sin salir necesariamente reforzado, y dejando, en cambio, algún que otro cadáver por el camino. El imparable reinado de Internet, la subida del IVA cultural, la bajada de precios en taquilla, el cine volviendo sobre sí mismo (las últimas películas de Brisseau o Ari Folman son dos ejemplos recientes que encontraréis en este número de Cinergia), la proliferación de festivales de pequeño formato, la reconversión de espacios para acoger el cine que ya no llega por los cauces habituales,… Todo esto nos lleva, una vez más, a plantearnos si estamos frente al fin del cine tal y como lo conocemos. Pero volver a hacerse las mismas preguntas sobre el futuro del cine, de la sala y el espectador, no tiene porqué implicar caer otra vez en predicciones derrotistas ni en alegatos inmovilistas. Se trata tan sólo de una manera de entender qué es el cine en tiempo presente, vislumbrar qué podemos perder en su constante transformación y decidir si realmente estamos dispuestos a perderlo o vamos a luchar por reformularlo para que siga formando parte de nuestra experiencia. Las preguntas que nos hacemos sobre el cine son, de algún modo, las mismas que nos hacemos sobre la vida. Entender uno es entender la otra.