L'Alternativa 2025: El gran pez ciego
- 2 dic 2025
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Una pareja camina en silencio por el Paseo Nuevo de San Sebastián. Un pedazo de mar Cantábrico cimbrea suavemente a su paso. El travelling se alarga un par de minutos sin que se diga ni pase nada. Esta es una imagen recurrente cuando la protagoniza un personaje solo, pero no tanto con una pareja, sobre todo cuando nada de lo ocurrido anteriormente en la narración justifica el silencio ni le otorga un significado especial. A Hikaru Uwagawa, el joven autor de Ulysses, solo le interesa mostrar un momento compartido, y no precisamente uno trascendental. Más bien son los personajes quienes, de algún modo, trascienden el tiempo, suspendiéndolo. No sé muy bien por qué, me asalta esta imagen al pensar en estos días pasados en L’Alternativa. Quizá porque el festival barcelonés nos ofreció, una vez más, un pequeño espacio de recogimiento y reflexión, con una serie de producciones a menudo modestas, imperfectas, pero relevantes. Contrarias al ruido y la velocidad que nos domina. Ajenas, incluso, a la voluntad de sorprendernos o fascinarnos en cada plano, como muchas películas que se presumen alternativas. Pequeños destellos en un mar de diamantes. Varias de las propuestas de esta 32ª edición de L’Alternativa han coincidido en hablar del tiempo y usar el agua de manera metafórica. Un tiempo que urge detener y destrabar. La invocación de un pasado que resuena en nuestro presente. El gran pez ciego que sale del agua y respira.
Las metáforas acuáticas de la belga L’ancre (Jen Debauche) y la española Yrupé (Candela Sotos) son las más evidentes, no por simples, sino por ser parte de su estructura de base. En la primera, una psicoterapeuta (Charlotte Rampling) cruza el Círculo Polar Ártico en barco. Su principal actividad durante el viaje es escuchar, en cintas de casete, los testimonios de varios pacientes que han superado episodios psicóticos. La polifacética Jen Debauche (artista audiovisual, investigadora…) produjo dos documentales radiofónicos sobre la psicosis y pasó una temporada en una residencia -junto a otros artistas, científicos y educadores- para explorar el archipiélago de Svalbard. Todo ello culmina en L’ancre, un trabajo experimental, de apenas una hora de duración, en el que las voces en off (el elemento documental del film), las potentes imágenes (en blanco y negro, 16mm y formato cuadrado), y la banda sonora (que incluye sonidos naturales y música compuesta para la ocasión por el gran guitarrista inglés Fred Frith) tienen la misma importancia. Los quejidos tanto del barco como de las montañas en proceso de deshielo nos remiten al sufrimiento del cuerpo. Los del fondo marino, a lo más profundo de nuestra psique. El avance del barco es una lucha constante en un mar que lo es todo. L’ancre es una propuesta sugerente y de carácter inmersivo que, aunque a veces pueda resultar más formalista que incisiva, llega a buen puerto

Lo de Yrupé (Candela Sotos, 2025) es una operación de rescate en toda regla. Sotos encuentra en el archivo de su tío abuelo Guillermo Zúñiga (fotógrafo y cineasta) un material extraordinario: los fragmentos de algunas de sus películas educativas y una gran cantidad de fotos tomadas durante la guerra civil. También le sobreviene una metáfora perfecta, puede que demasiado obvia a veces, gracias al corto documental perdido de Zuñiga: La flor de irupé (1956). La flor de irupé crece bajo el agua y aflora en la superficie. De manera análoga, Sotos se sumerge en el archivo de la Filmoteca y se enfrasca en la restauración del mencionado documental, que vemos en los minutos finales. El pequeño documental es el auténtico irupé de Sotos. La cineasta bascula entre la obra de su tío abuelo y la suya propia, entre lo educativo y lo político, lo experimental y lo narrativo. Ese tránsito continuo entre dos aguas, el equilibrio para no explicitar lo que la familia de Zúñiga no ha dado permiso, deja el film en un trabajo loable, pero algo falto de arrojo y definición. La figura del exiliado queda un tanto difusa. El consejo del abogado se revela en los créditos finales, aclarando que la intención del film es puramente educativa y divulgadora.
Al contrario que el frío mar que atraviesa el barco de L’ancre, el irupé habita en aguas cálidas, tranquilas y poco profundas, pero opacas debido a los sedimentos. Aquí se trata de dar luz (el irupé la necesita en gran cantidad) para hacer emerger lo que permanece oculto. Volver a casa tan tarde (Celia Viada Caso, 2025) también se centra en el rescate de una figura artística exiliada: la escritora (y ocasional actriz y guionista) María Luisa Elío. En este caso, sin embargo, la película aporta poco a lo que sabemos o podemos encontrar en Internet sobre Elío. Las prometidas diez historias que dividen el film son, en realidad, capítulos temáticos del repaso a la trayectoria de la retratada. Una vez más, se intercala la experiencia personal de investigación con el material de archivo. A pesar de su estructura aparentemente fragmentada y voluntariamente dispersa, me parece un trabajo demasiado constreñido por su propio dispositivo.
De regreso al agua, en Monikondee (Brummelen, Haan y Alexander) es un río el que se erige como protagonista silencioso. La película sigue a un transportista que cruza constantemente el río Maroni, en la remota selva entre Surinam y la Guayana francesa. El río es pues símbolo del sustento y un punto de encuentro. Pero también testigo de prácticas ilegales (la minería de oro que contamina el agua), el impacto del capitalismo o las economías extractivistas y desafíos como el cambio climático. Monikondee, más interesante en lo que cuenta que en cómo lo cuenta, es un film divulgativo que sigue la tradición del relato colectivo. Las canciones cuentan el saqueo al que ha sido sometido el país por europeos y brasileños. El relato oral, los cuentos y canciones populares están también muy presentes en As estaçoes, de Maureen Fazendeiro, una película de base arqueológica, pero más en un sentido poético que estrictamente histórico. Aunque se base en los archivos de los arqueólogos alemanes Georg y Vera Leisner en los años 40, a los que da incluso voz con algunas narraciones en off, la cineasta portuguesa parece más interesada en documentar el imaginario popular de la región del Alentejo. No cabe duda de que Fazendeiro es buena observadora y sabe captar algunos instantes mágicos pero, al final de la proyección, me queda la duda de si su heterogénea mezcla de estilos no le acaba jugando un poco a la contra. Quizá una segunda visión me aclare si la directora realmente ha excavado o solo ha limpiado la superficie.

La fusión de presente y pasado ha sido una constante en la programación. Downriver a Tiger, debut en la dirección del joven cineasta catalán Víctor Diago, lo hace desde la ficción, pero adoptando cierto tono documental cuando muestra a su protagonista retratando transeúntes de Glasgow, con una cámara de fotos analógica, o en la notable escena de los pescadores con imán. La película se abre con un cuento indio susurrado a media luz, después de un encuentro amoroso, un prólogo que resonará al final del metraje. Júlia es una joven barcelonesa que lleva algún tiempo en Glasgow, donde llegó escapando de su realidad. Su principal pasatiempo es retratar a la gente que cruza un puente. Le interesan los puentes, ella misma lo explica, porque todo el mundo los cruza, pero casi nadie se para en ellos. El puente es un lugar de tránsito en el espacio, pero también en el tiempo. Júlia es también un personaje en tránsito que, con su cámara, fuerza una detención temporal. Diago coloca elementos aquí y allá, provocando pequeñas rimas. Así, la bruma de Glasgow se refleja en la pérdida de visión de la protagonista. De manera más explícita, muestra una serie de imágenes de archivo de la ciudad, en lo que parece, sobre todo, un homenaje a los migrantes que ayudaron a construirla. Downriver a Tiger es tanto el retrato de Júlia como el de la ciudad y su gente. El presente y el pasado de todos ellos. La manera en que se perciben la soledad y la necesidad del contacto, el diálogo mudo que se establece entre el espacio urbano y un cuerpo a la deriva, en fuga o desorientado, conectan de algún modo la película de Diago con el cine de Tsai Ming-liang. Incluso, como hizo el cineasta malasio en The River (1997), Diago incorpora una enfermedad real de la actriz protagonista como elemento clave del relato. El catalán, eso sí, lo hace solo para fantasear con la idea de un supuesto súper poder -sugerido como una broma-, que añade una capa de complejidad y extrañeza a una película que, por otra parte, se esfuerza en mantenerse cerca del espectador sin deslumbrarlo. Puede que algunos conceptos estén ya muy vistos, pero Downriver a Tiger se despliega de manera intuitiva y desencorsetada, consiguiendo una vitalidad y una calidez muy reseñables.

El culmen del tiempo suspendido vino de la mano de Sergio Oksman. Diez años después de O futebol (2015), en la que Oksman aparecía junto a su padre, el cineasta comparte protagonismo ahora con su hijo, Nuno. Y lo hace en un hotel que, supuestamente, ya está cerrado y va a ser demolido (pasaré por alto el paralelismo con la sala de cine de Goodbye Dragon Inn de Tsai Ming-liang). En Una película de miedo, un padre y un hijo, aficionado este último a las películas de terror, pasan unos días de verano solos en un hotel. Aunque el referente de El resplandor es explícito, lo que sigue no es una relectura del clásico de Kubrick. El cineasta hispano-brasileño se sirve de algunas estrategias típicas de cierto cine de autor que, en los últimos tiempos, ha venido fusionando ficción y no ficción. Un recurso como levantar la cuarta pared para mostrar el equipo de rodaje, por ejemplo, puede resultar poco original a estas alturas. Sin embargo, mi sensación es que Oksman se divierte con fórmulas que él considera ya viejas. Los restos del cine de los restos. Sería lógico que así fuera, puesto que Una película de miedo no hace más que apuntar ideas, fantasear y dejar historias a medio contar, como si ya no fuera posible construir una ficción tal y como la concebimos. También aquí el pasado hace acto de presencia. Y lo hace, no en vano, a través de una de las primeras películas de ficción portuguesas (la primera de terror), que cuenta la historia verídica de un asesino (Diogo Alves) que tiraba a sus víctimas desde un acueducto. ¿Un guiño a los orígenes o la necesidad de poner el contador a cero? En un momento del film, Oksman abandona la quietud y el espíritu de Moretti (el de comentarista guasón), para adentrarse en un universo más propio de David Lynch. El hombre que abre las puertas del hotel, amigo de Sergio, aparece sentado frente al pequeño Nuno y lo hipnotiza. Es este el punto de inflexión que permite, por fin, que el hijo de Sergio cruce el umbral y visualice el miedo real, despojando la narrativa de artificios. En la habitación 103 no hay un fantasma desnudo en la bañera.

Las historias sin final son, precisamente, la base de Ulysses, la película con la que he abierto esta crónica y con la que quiero acabar. Una madre y un hijo ucranianos esperan a un marido y padre, respectivamente, que probablemente nunca volverá. Una chica vasca introduce en su círculo de amigos a su novio japonés, de visita en San Sebastián. Finalmente, el propio director, Hikaru Uwagawa, viaja al entierro de su abuelo en Japón. Pese a tener personajes diversos e independientes, filmados en lugares distintos, la película de Uwagawa no se percibe como episódica. Cada parte está filmada de manera diferente, pero todo fluye gracias al tono, que iguala los relatos. Ulysses comparte con Downriver a Tiger los temas del desarraigo y la ausencia. También les une la falta de destino de sus personajes. Tal vez no sea casual que sus autores tengan la misma edad. Uwagawa sugiere todos esos temas en los pequeños momentos del día a día, sin estridencias. Hay algo de Ozu en esa negativa a mostrar los grandes eventos de la vida. No es la ceremonia del entierro lo que vemos en el último tramo. El plano más largo, en cambio, es un pequeño ritual posterior que evoca al abuelo: un pequeño fuego en la acera del portal de casa. El plano fijo se alarga, pero el fuego no se apaga. Puede que el cuerpo del abuelo ya sea parte del pasado, pero su espíritu sigue vivo, se resiste a desaparecer. No se me ocurre mejor metáfora para concluir este recorrido por un festival concienciado con la necesidad de tender puentes entre el pasado y el presente. Un festival que es como esa pequeña llama: un acto de resistencia mínima, frágil pero cálido. Como salir del agua para coger aire.
© Xavier Romero, diciembre 2025.

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