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L’Alternativa 2022: cartografías de un viaje.



El Big Bang


La parte final de un viaje debe incluir una meditación profunda sobre la mecánica de la naturaleza del mundo. Esta frase aparece, de fondo, en un plano de GES-2 (Nastia Korkia), girando sobre un letrero luminoso y como parte de una instalación artística que se está montando en ese momento. Puesto que una película es (o debería ser) siempre un viaje, al final del film Korkia incluye una charla del arquitecto Renzo Piano, en la que relaciona el Big Bang con el misterio de la belleza.


Un año más, L’ Alternativa ha aportado su granito de arena para ayudarnos a hacer esta reflexión, poniendo a nuestro alcance realidades tan dispares como la preservación de una isla en Nueva Escocia, los recortes en los centros de la tercera edad en Finlandia o la desaparición del mundo rural en España; voces del pasado que resuenan en el presente, como el devastador caso de viruela en la extinta Yugoslavia en 1972 o el proceso de independencia de Eslovenia en 1991; y numerosos retratos de mujeres, a menudo ensombrecidas por un mundo diseñado por y para el hombre. Solo en la parte final del viaje que supone también un festival como el que nos ocupa, podemos formar un collage universal con todo lo visto y realizar esa meditación necesaria sobre el funcionamiento del mundo. Y esto nos debería llevar a tomar acciones transformadoras.


La transformación, de hecho, es parte fundamental de todo viaje. GES-2 trata de cómo una antigua central eléctrica acabó reciclándose en un centro cultural. Nastia Korkia filmó todo el proceso a lo largo de cinco años, pero toma la inteligente decisión de no mostrarlo en orden cronológico. El resultado es un trabajo más poliédrico, complejo, que acaba encontrando su propia lógica interna, sin rehuir el lado absurdo de lo que muestra. Korkia se preocupa, eso sí, de incluir un prólogo y un final discursivos en torno al significado del arte. Pero es en los momentos más accidentales, tangenciales e incluso contradictorios, donde el film vuela más alto.


La escena del guardaespaldas custodiando un cuadro de Kandinsky, antes de la transformación de la fábrica, por ejemplo, se independizó, ya durante el rodaje, para convertirse en el corto Dramatic and Mild (2018). El desenlace, un fragmento de la performance en la que el artista islandés Ragnar Kjartansson canta en el Mayakovsky Theater durante seis horas repitiendo una única frase, Pechal pobedit schastie (el dolor vence a la felicidad), tiene mucha fuerza. No hay más que ver la reacción del público ruso para entender el poder transformador del arte. Unas palabras tan tristes acaban siendo coreadas con una sonrisa en los labios. La paradoja es que, en este caso, la realidad ha acabado transformando también la obra de arte. El estallido de la guerra, el momento que viven rusos y ucranianos cambia radicalmente la manera de ver una película como la que nos ocupa, y de interpretar esta escena en particular.

Geographies of Solitude (Jacquelyn Mills) también encierra una reflexión ambigua sobre el misterio del arte y de la vida, cambiando la arquitectura por la naturaleza. Rodada en 16mm, su visionado en un cine es una experiencia por momentos fascinante. Mills acompaña, en tres diferentes estaciones del año, a la naturalista Zoe Lucas en su cuidado obsesivo de la Isla de Sable (Nueva Escocia), a cuya preservación ha dedicado más de 40 años de su vida. La cámara recoge los quehaceres diarios de Lucas: la limpieza de la isla, el trasplante de hierbas, la observación de los caballos salvajes, el enorme inventario (al borde de la locura) de todo lo que recoge y analiza…


Sin embargo, la película de Mills es, por encima de todo, una sinfonía experimental de carácter visual y sonoro. La cineasta canadiense apenas entrevista a Lucas. Apuesta, en cambio, por hacer un ejercicio, hasta cierto punto, análogo a las tareas de su retratada. Encuentra la belleza artística que, en conjunto y vistos a través de la cámara, poseen algunos de los objetos que colecciona Lucas (arte accidental con deshechos). Es más, hace abstracción revelando rollos con algas o excrementos de caballo. Y a través de micrófonos de contacto, convierte en música el movimiento de un insecto o de un caracol. La intención de Mills no parece ser otra, pues, que amplificar las cosas pequeñas. Y Geographies of Solitude se convierte, en última instancia, en una suerte de fusión orgánica del cine con la naturaleza.


La soledad, el protagonismo de naturalezas muertas (huesos, cables enraizados en la playa, globos…) otorgan al film un tono triste que contrasta con lo descrito anteriormente. Quizás el acercamiento humano de la directora a la investigadora se demore un poco (al menos en pantalla) y el intento de paralelismo entre sus trabajos/vidas resulte un poco forzado. El film se vuelve un tanto reiterativo y se alarga algo más de lo debido. Pese a todo, de lo mejor del festival y una más que digna ganadora del premio a la mejor película internacional.

Retratadas


Zoe Lucas no ha sido la única mujer a cuya ventana nos hemos asomado estos días. En Une vie comme une autre, la belga Faustine Cros retrata a su madre (Valérie), que sufre depresión crónica a raíz de su maternidad, por la cual se vio forzada a abandonar su profesión de maquilladora. Cros tiene un material de partida muy potente: las grabaciones caseras de su padre, también realizador, que filmó sin descanso a su familia durante años. La obsesión de este por registrarlo todo era tal que, inevitablemente, las cintas incluyen momentos de una gran carga emocional. Por encima de todos, el brutal monólogo en que Valérie deja ir toda su frustración, una situación que provocó que su marido no volviera a filmar a su familia nunca más.


Como Nastia Korkia en GES-2, Cros acierta al montar las imágenes de manera no lineal. A pesar de los saltos temporales, nuestro conocimiento sobre la enfermedad de la madre va creciendo a medida que pasan los minutos. Sin embargo, cuando la directora coge la cámara se limita a continuar el trabajo de su padre, sin aportar mucho más. A mi entender, pierde una gran oportunidad al no explotar el personaje de La Valére, alter ego de Valérie. La Valére es una brujita-bandida que Valérie interpretaba en los cortos caseros que filmaban en familia. Por lo poco que vemos en la película, este personaje representaba una vía de escape para Valérie, una manera de ser la mujer libre, sin ataduras y capaz de todo, que anhelaba. Ya que la familia está marcada por la necesidad de filmar y el gusto por inventar ficciones, Cros podría haber dado un giro al material de su padre, dando vida a La Valére de algún modo, haciendo algo más arriesgado, más loco y libre, como el propio personaje en cuestión.


En el premio nacional de esta edición, La visita y un jardín secreto (premiada también en Málaga y Murcia), Irene M.Borrego retrata a su tía, Isabel Santaló, artista olvidada de la generación del pintor Antonio López, cuya voz en off, por cierto, recorre parte de los 65 minutos de metraje. Su acercamiento inicial es muy elocuente. Santaló aparece entrecortada, se tapa la cara con las manos, desaparece tras el quicio de una puerta… La directora subraya así el ocultamiento al que se vio sometida la artista por su propia familia, primero, y por el mundo de la cultura después. De nuevo, el material de base es inmejorable. Borrego condensa sus imágenes en un montaje que se devora. Al principio llegamos a pensar que la nonagenaria tía sufre algún tipo de demencia. Hasta que rompe su silencio y descubrimos una lucidez que nos desmonta por completo.


Curiosamente, es la escena climática de la película la que, pese a ser verdaderamente arrolladora, me genera más dudas. Borrego interroga a su tía, a la que apenas conoce, de manera inquisitiva, con preguntas poco afortunadas, lo que acaba provocando la airada y muy clarificadora reacción de la anciana artista. Si esto no es fruto de una dudosa estrategia de Borrego, habrá que reconocerle a la realizadora la valentía de haberse dejado en evidencia en su propia obra. De hecho, en el epílogo admite su falta de tacto, achacándola a la educación recibida por sus padres. Irónicamente, además, ilustra su confesión con un vídeo de su propia comunión.


En A los libros y a las mujeres canto, Maria Elorza visita a tres mujeres bibliófilas para ofrecernos un dinámico y a ratos guasón homenaje a la lectura. La cineasta se mueve con soltura entre sus retratadas, extrayendo reflexiones valiosas y momentos de calidez vital. Y aunque su discurso sobre lo que el cine tiene que ver con todo lo expuesto sea certero y el montaje muy elaborado, la película peca a veces de un academicismo de estirpe, digamos, godardiana, incluyendo escenas de cine clásico tan estudiadas como el final de Luces de la ciudad de Chaplin.

Rastos de género


Dos largos de la sección oficial creados única y exclusivamente con material de archivo son Another Spring (Mladen Kovačević) y Verano del 91 (Žiga Virc). El primero, sobre el caso de viruela que asoló al pueblo yugoeslavo en la década de los 70, se basa es una simple decisión formal: ralentizar las imágenes y añadir un zumbido constante por debajo de una fría y narrativa voz en off. Esto, unido a unas imágenes muy explícitas de las consecuencias de la enfermedad, convierten el film en una auténtica cinta de terror difícil de digerir en todos los sentidos.


Verano del 91 recopila vídeos caseros de diferentes familias eslovenas entre diciembre de 1990 (fecha del referéndum de independencia) y el verano de 1992 (primer aniversario de la guerra). Virc abre y cierra su película significativamente con un grupo de gente cantando el Caravan of Love de Isley-Jasper-Isley, primero, y el Will You Still Love Me Tomorrow de las Shirelles al final. De hecho, por momentos, parece un musical (muchos vídeos recogen cánticos y bailes populares). A pesar de saltar de una familia a otra, Virc consigue crear la sensación de estar viendo una ficción con un protagonista (de rostro cambiante) que se casa primero, tiene que ir a la guerra después y vuelve a casa al final. La selección de los vídeos pone el foco en cómo la vida se abre paso en medio del conflicto, cómo las pequeñas historias (una boda, un cumpleaños…) siguen ocurriendo paralelamente a la gran historia. Tanto es así que uno no pudo evitar pensar en el Mario Monicelli de La gran guerra y, sobre todo, en John Ford.


También Susanna Helke se sirve del género musical para elevar su documental Tiempos difíciles a otra dimensión. Aunque nos encontremos en un centro para la tercera edad en una pequeña localidad finlandesa, la denuncia de los recortes y la progresiva privatización de la sanidad, por desgracia, nos resultan familiares. Los ancianos y, especialmente, las cuidadoras cantan frente a la cámara, a modo de coro griego, unas letras basadas en testimonios reales de trabajadoras de centros para mayores, mensajes enviados a la directora sobre sus condiciones laborales. Paralelamente asistimos a un involuntario acercamiento a la ciencia ficción, con los avances robóticos en un centro de Helsinki, que no hacen otra cosa aumentar la sensación de deshumanización que vive el sector. Y no solo eso, Helke añade a la ecuación la historia de Tiina, enfermera embarazada, puesta en una lista negra por “hablar demasiado”. La directora conduce con mano firme todas estas líneas. Ni la complejidad narrativa ni la exquisitez formal restan protagonismo a los afectados y la denuncia social .

Las reivindicaciones más explícitas de los géneros clásicos vinieron de la mano de Luminum (Maximiliano Schonfeld) y Los saldos (Raúl Capdevila Murillo), las dos últimas películas que quiero tratar en este artículo. La primera juega, de forma ya totalmente consciente, con el cine de ciencia ficción (banda sonora incluida). Silvia y Andrea, madre e hija, son dos ufólogas que, además, regentan un Museo del OVNI en una pequeña localidad argentina, cercana al Río Paraná. Schoenfeld las acompaña en sus investigaciones sin juzgarlas ni burlarse de ellas en ningún momento. Desde el hermoso plano inicial (las dos mujeres en el interior de un coche, observando el cielo), se palpa su respeto y cariño.


Inesperadamente, Schoenfeld inserta en el documental a dos hombres que, pese a su aspecto y vestimenta, resultan ser extraterrestres. Realidad y ficción se dan así la mano sin llegar a confundirse, lo cual incrementa la extrañeza del film. Un ganado misteriosamente descuartizado parece pensado para una película de terror espacial. Una conversación sobre regresar o no a un planeta se presenta, en cambio, con total naturalidad. Luminum nos obliga incluso a observar pequeñas luces durante largo rato, para que decidamos qué ver en ellas (un ovni, un avión o una pura abstracción cinematográfica).


Todo funciona muy bien excepto por dos escenas, desde mi punto de vista, sobrantes. En un momento dado de la película, el director entrevista a Silvia, quien habla a cámara y se emociona hablando de su hija. Esta única ruptura de la cuarta pared rompe innecesariamente el tono, ya que la particularidad de la relación y la fuerza del vínculo entre madre e hija eran más que patentes desde el minuto uno. Por otra parte, Schoenfeld se equivoca, creo yo, cuando hace reaparecer al extraterrestre con traje plateado. Antes, en un plano bello y simpático, lo habíamos visto adentrándose y desapareciendo en el bosque (momento en que su ropa de calle se transforma en un traje espacial). Su segunda aparición, en cambio, solo parece buscar un momento cómico y resulta redundante.


Los saldos arranca con unos títulos de crédito y una banda sonora claramente reminiscentes del western. Y lo que sigue es un nuevo drama familiar en un ambiente rural. El propio Raúl Capdevila regresa a Binéfar (Huesca) para ayudar a su padre en la granja, después de no encontrar trabajo en la ciudad (poco importa si esto es verdad o no). La difícil supervivencia de un mundo que se extingue poco a poco, la llegada al pueblo de una gran empresa, el difícil regreso a casa y el reencuentro con rituales olvidados. Poco hay que no hayamos visto antes. Sin embargo, Capdevila se sabe situar en un punto intermedio entre el frenético avance del capitalismo y la calma del paisaje, la lucha agónica de su padre y la resignación, el respeto y la extrañeza. Y consigue, en ese equilibrio, un trabajo sencillo y convincente, no exento de cierto halo misterioso.

Un apunte final


Las diez películas reseñadas en este artículo se inscriben dentro del género documental. De los otros cuatro largos a competición (dos que no he considerado oportuno incluir y otros dos que no pude ver por solapamiento) solo uno está catalogado como ficción. L’ Alternativa siempre ha mostrado una querencia por el cine documental (en su vertiente más creativa) pero, viendo su evolución año tras año, parece decidido a convertirse en un festival especializado, cuanto menos en lo que a su sección principal se refiere. Se trata de una línea arriesgada y, por tanto, digna de reconocimiento, ya que es un tipo de cine que tiene difícil acceso al circuito comercial. Pero si dicha especialización no se materializa de forma explícita, quizá estaría bien equilibrar un poco la balanza.


Otro dato llamativo es que solo tres de estos catorce largos eran nacionales. En la edición del año pasado la proporción era prácticamente simétrica: ocho internacionales y siete nacionales. La apuesta por el producto de proximidad se ha centrado en los cortometrajes, por lo que el jurado del premio nacional, con buen criterio, decidió conceder su galardón ex aequo, incluyendo así el muy interesante corto de Alejandro Alvarado y Concha Barquero, Descartes. Esperemos que el cine largo de casa recobre un mayor protagonismo el año que viene.


Finalmente, merece destacarse que el grueso de la sección de largos a competición estuvo formado por títulos que estuvieron antes (y en muchos casos, fueron premiados) en los festivales de Berlín, Venecia, Locarno, San Sebastián o Málaga, entre otros. Una representación variada de filmes reconocidos internacionalmente que, como he reseñado, gracias a L’Alternativa habremos tenido la oportunidad de ver en una sala de Barcelona. Eso sí, considero que sería muy estimulante la inclusión también de alguna apuesta exclusiva. Un deseo que, en realidad, hago extensible al 99% de los festivales. Con todo, y como siempre, alabamos el esfuerzo titánico por haber sacado adelante esta 29ª edición de un certamen necesario. Nos vemos en la próxima. Allí estaremos.


© Xavier Romero, diciembre 2022.






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