SITGES 2018. Vivir es una imposibilidad colectiva.

October 21, 2018

 

Climax, ganadora de la última edición del Festival de Sitges, comienza con toda una declaración de intenciones justo después de los títulos de crédito. De entre los múltiples mensajes apocalípticos que, a través de unas enormes letras teñidas de rojo, Gaspar Noé dispara a una platea desprevenida, una frase destaca por encima del resto y resume la filosofía contenida en toda la cinta: “Vivir es una imposibilidad colectiva”. A partir de este momento tiene lugar un descenso hacia los círculos concéntricos del más dantesco de los infiernos, representado a través de numerosos planos cenitales e invertidos y de la textura de las imágenes, imbuidas de un intenso color rojo que se extenderá como una hemorragia a lo largo de todo el metraje.

 

El mismo infierno enrojecido y candente, aún más intenso si cabe, busca recrear Mandy, galardonada con el premio a la mejor dirección. Panos Cosmatos sustituye al grupo de amigos fratricidas de Climax por una secta que secuestra mujeres y profesa una gran devoción por las drogas. Con la venganza como leitmotiv, Mandy parte de algunas características de Beyond the Black Rainbow (2010), como las atmósferas psicodélicas e hipnóticas, combinadas con escenas de animación, un recurso que logra aportar cierto tono melancólico a un filme que se desarrolla a un ritmo frenético y a base de escenas de extrema violencia. No es baladí recordar que Beyond the Black Rainbow estaba ambientada en la era Reagan y que recreaba un encierro y un intento de huida.

 

 

El gran premio del público, Upgrade (Leigh Whannell), comparte la misma premisa que Mandy: la venganza por amor en un mundo dominado por las máquinas. Con influencias de Terminator, Robocop o Matrix, estamos ante otro thriller trepidante que se refugia en la fisicidad del exceso, con grandes dosis de violencia y un final apocalíptico muy poco complaciente. Apostole (Gareth Evans), por su parte, también recurre a la secta y el secuestro, ambientando ahora la trama en una pequeña comunidad que vive de espaldas al mundo, como en El bosque de M. Night Shyamalan. El terror de Apostole, película sobrecargada que quizá habría funcionado mejor como serie de varios episodios, emana de un fervor religioso que cobra forma en la radicalización de la violencia, y que hace pensar en los supremacistas blancos que han llevado a Trump al poder.

 

Con Summer of 84, última creación de los directores de Turbo Kid (2015), somos testigos de una irreversible pérdida de la inocencia. El filme presenta en su inicio un desarrollo similar a las producciones de Spielberg Los Goonies o Súper 8, para seguir por derroteros mucho más inquietantes en la aventura estival de un grupo de chavales que se propone encontrar a un asesino en serie que asola su vecindario. También aquí veremos aparecer un cartel, en este caso electoral, a modo de mensaje apocalíptico: los nombres de Reagan y Bush asumen la misma función lapidaria que el resto de mensajes dispersos en diferentes obras a lo largo del festival.

 

 

 

Por supuesto, en este escenario posfascista y cuasi prebélico, la institución de la familia no se salva de la quema. Fuga (premio Mèliés d’Argent) de Agnieszka Smoczynska (cuya ópera prima, el musical synth-pop feminista The Lure, ya pasó por Sitges en 2016) es una brillante reflexión acerca de las relaciones de pareja y del rol tradicional de la mujer casada, en un escenario que dibuja la desintegración de la unidad familiar. Lo que empieza siendo una película de suspense con tintes de terror se acaba convirtiendo en un melodrama familiar, sustentado por una puesta en escena sobria y plomiza y en la interpretación magistral de Gabriela Muskala, actriz y guionista del filme. La madre de Galveston va aún más allá, asumiendo el rol de víctima sacrificial. El debut en la dirección de la actriz Mélanie Laurent, un tanto telefílmico, sigue la estela de Fuga: arranca como un thriller para virar al melodrama. En el caso de Galveston será un gran poste, junto a la casa de la familia de la protagonista, en lo más profundo de Texas, el que nos advierta: “Esto es el infierno”. 

 

Nancy, premio a la mejor actriz para Andrea Riseborough (también protagonista de Mandy), se mantiene en la tónica de empezar como thriller y acabar como drama, aunque de forma más comedida que las anteriores. La debutante Christina Choe expone el proceso de ser la empresa de uno/a mismo/a, fenómeno de la era neoliberal desarrollado ampliamente por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Sin embargo, lo único que Nancy trata de rentabilizar, en virtud de su falsa identidad, no es dinero, sino el amor de quienes la rodean.

 

 

Esto la diferencia de la protagonista de Cam (Daniel Goldhaber), una cam girl que trabaja veinticuatro horas al día para ser su propio producto, obsesionada por subir en el ranquin de las mejores chicas de la web. Con gran profusión de pantallas y un ritmo que se acelera en función de la competitividad y la ambición de los personajes, Cam propone un perverso juego de identidades dobles, donde lo que más aterra es el resultado antropófago de una sociedad neoliberal. También la prostituta de Piercing es una empresa en sí misma, sólo que aparentemente afectada por un trastorno límite de la personalidad que la lleva a auto agredirse. El filme de Nicolas Pesce, de puesta en escena estilizada y elegante, explora los deseos más oscuros de un recién estrenado padre de familia, que obtiene el beneplácito de su esposa para asesinar a una prostituta a placer.

 

Assessination Nation (Sam Levinston), ambientada en Salem, en clara referencia a la caza de brujas y a los juicios que tuvieron lugar entre 1692 y 1693, es una obra con tintes del cine explotation de los 70. La película narra cómo internet es el canal por el que empiezan a filtrarse los secretos más íntimos de una pequeña comunidad de vecinos, lo que degenerará en el caos. Con una evidente alusión a WikiLeaks y el caso Assange, Assessination Nation habla de la vulneración de la intimidad y de los peligros que se esconden tras los hackers, así como de la pujante misoginia que augura el conservadurismo de la era Trump, y que Levinston combate a través del empoderamiento femenino. Heroínas femeninas del mainstream conviven con las del cine fantástico y de terror en un gran aquelarre sororo, en el que tanto doncellas como putas y brujas se unen al final en un solo grito: “no podéis matarnos a todas”.

 

 

 

A la lógica de una sociedad neoliberal se une el recrudecimiento del nacionalismo ultra, el racismo y del posfascismo no sólo de Trump, sino de tipos como Salvini o Bolsonaro, que parecen abogar por la pureza de la raza y del origen. Presupuestos ideológicos recreados en Diamantino (Gabriel Abrantes), que hibridando elementos del cine fantástico y de la comedia surreal, se erige en una suerte de parodia del futbolista Cristiano Ronaldo y el mundo que lo rodea. En un contexto ultraderechista, rayano en el nazismo, donde los políticos son inevitablemente corruptos y la familia el mal absoluto, el futbolista representa la inocencia, la última esperanza, transgénero, de la humanidad.

 

Aunque de manera tangencial, Diamantino presenta algunos puntos en común con Lazzaro Felice. Premio especial del jurado y premio de la crítica, el último trabajo de Alice Rohrwacher es una fábula que, en su ejecución, se retrotrae a toda la tradición cinematográfica italiana (de Fellini a Pasolini, previo paso por el neorrealismo), a fin de crear un personaje inocente, ausente de cualquier atisbo de maldad. Lazzaro es un ser puro y fantasmal que convive en varias épocas con la impudicia de la explotación del campesinado, del funcionamiento de los bancos, del dominio del poderoso sobre el débil. Un paso evolutivo en la carrera de Alice Rohrwacher, que supera con creces su anterior El país de las maravillas (2014), y se suma con fuerza al nutrido número de directoras que han pasado por Sitges este año.

 

 

 

En un mundo donde “Vivir es una imposibilidad colectiva”, en definitiva, sólo nos queda el recuerdo y con él, la melancolía. Así debió planteárselo David Robert Mitchell antes de rodar Under the Silver Lake (mención especial de la crítica), llena de múltiples referencias a la cultura pop,  musical y cinematográfica. Desde La ventana indiscreta de Hitchcock hasta la última película inconclusa de Marilyn Monroe, pasando por el Lynch de Mulholland Drive, los comics o la música de los 90. Referencias en forma de pastiche posmoderno que acompañan al protagonista, un detective muy sui generis que actúa movido por el amor a primera vista, en este brillante y original neo noir del autor de It Follows (2015).

 

Y sobre cómo nos influye el cine y cómo opera la impronta que nos deja en la memoria permanente versa el documental Desenterrando Sad Hill, de Guillermo de Oliveira, premiado como mejor película de la sección Noves Visions. Un grupo de vecinos de los alrededores del valle de Santo Domingo de Silos (Burgos), donde se rodaron algunas escenas de El bueno, el feo y el malo de Sergio Leone, decide aunar esfuerzos a fin de desenterrar el cementerio de Sad Hill. Un emocionante viaje hacia la melancolía cinematográfica, en un momento histórico en el que España por fin ha decidido exhumar los restos del dictador Franco, clamando por recuperar su memoria histórica.

 

La conclusión última a la que llega el espectador tras lo visto en Sitges, es que si algo puede salvarnos de tanto horror, ese algo sigue siendo el cine, pues como dice la hacker de Upgrade: “La realidad virtual es menos dolorosa que la real”.

 

 

© Mireia Iniesta, octubre 2018

 

 

 

 

 

 

 

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