Toward morning I climb down and wander back into the house

Los relieves líricos del espacio.

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Quizás una voz literaria como la de Raymond Carver sea una inspiración especialmente adecuada para un cine que se gesta estando confinado en el hogar. Porque siempre fue el escritor de las cosas sencillas: un lenguaje despojado, unas historias cotidianas, un ambiente cercano y reconocible. Y todo Toward Morning I Climb Down and Wander Back Into the House, cortometraje de Carlos Balbuena que transcurre íntegramente entre las cuatro paredes de un apartamento -presumiblemente, el del cineasta-, recurre a cuatro poemas de Carver muy característicos de ese estilo cotidiano y sencillo. Cuatro poemas que son recitados en off mientras vemos imágenes que parecen haberse contagiado de la poquedad y la concisión que caracterizan la voz del poeta norteamericano.

El primero, The Pen (sobre una pluma estilográfica estropeada que se recupera momentáneamente para escribir sus últimos versos), acompaña la filmación de unas luces procedentes de las ventanas y balcones del vecindario. Vemos pequeños rectángulos luminosos en mitad de una oscuridad total, unas manchas de luz que apenas ocupan un segmentito de la pantalla pero nos permite fabular la vida de los otros, la cotidianidad de los hogares de otras personas aisladas en la noche del confinamiento. El segundo, The Best Time of the Day (un canto a los más bellos momentos de la intimidad), se recita sobre unos planos de un suelo embaldosado de un apartamento en los que vemos el reflejo de una silueta que danza fuera de campo. Se adivina la figura femenina de un ser querido con quien se convive. Es decir, pasamos de ver la sugerencia de la vida ahí afuera en las ventanas iluminadas del vecindario a ver la sugerencia de la vida en casa, captada indirectamente a través de un reflejo.

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Con el tercer poema, Fears (relación de los miedos del poeta, unos banales y otros profundos, a veces contradictorios o paradójicos), llegamos al último segmento del cortometraje, en el que aparentemente desaparece la presencia humana de la pantalla. Sólo vemos imperfecciones en las paredes del apartamento, grietas que interrumpen la lisura de la superficie. Son, en el fondo, signos de vida, la huella que deja la actividad de las personas en los materiales del mundo. Es, por tanto, una reverberación o una representación indirecta de nuestra existencia tanto como las luces en mitad de la oscuridad o el reflejo en el suelo de la silueta danzante.

Digamos que Toward Morning... empieza como una muy libre variación sobre La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) de Alfred Hitchcock, continúa con lo que casi es una recreación del mito platónico de la caverna y termina pareciéndose a Lejano interior (2020), el mediometraje de Mariano Llinás, realizado precisamente en pleno confinamiento domiciliario, en el que la pequeña geografía del hogar deviene en una imaginativa sugerencia de los espacios y los personajes característicos del cine de género.

Si lo pensamos detenidamente, existe una ligazón indisoluble entre el cine de Balbuena y la naturaleza. Todas sus películas tienen como escenario parajes naturales absolutamente imponentes que se elevan sobre la condición humana. Su último texto fílmico actúa como contrapunto: la esterilidad del paisaje urbano, envolvente y nocturno, que copa los primeros minutos de metraje, contrasta con  la vastedad de los paisajes de su obra anterior, en la línea de cineastas como Sharon Lockhart o James Benning.

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No es casual que Toward Morning... se abra con un fondo blanco y las imágenes de varios insectos junto a los títulos de crédito, como para equilibrar la esterilidad del paisaje urbano, envolvente y nocturno, que copa los primeros minutos de metraje. Y, de ese exterior, pasamos a un interior en el que vemos, recordemos, el reflejo en un suelo de la estilizada silueta de una niña que baila. En el cortometraje, Balbuena substituye esos seres humanos vencidos por el paisaje que poblaban sus otras películas por una única sombra reflejada en el suelo. De esa figura, al final, sólo vemos directamente su congelación; así pues, lo único orgánico en el film son los poemas de Carver. Nótese además que, cuando vemos imágenes del exterior en la primera parte del film, el poema (The Pen) habla de una interioridad doméstica. Y el tercer segmento del cortometraje empieza con la imagen de una grieta en la pared: sobre lo más alejado de lo humano, lo yermo, el poema que oímos (Fears) no puede ser más humano porque trata sobre los miedos. Como si la vida rozara con su calor los espacios inertes.

Lo humano, en suma, se manifiesta de manera indirecta a lo largo de todo el cortometraje como un punto de luz en la oscuridad, como el reflejo de una silueta, como la expresión de los temores sobre el plano de una grieta en la pared… La estrategia de Elefantes (2017), un  título anterior de Balbuena en el que las personas apenas se intuían en medio de un paisaje amenazador, se radicaliza en Toward Morning..., donde no llegan a comparecer abiertamente ante la cámara. La presencia humana se manifiesta más bien a través de una intelectualización de un paisaje urbano, exterior, y de otro doméstico, interior. El director  parece encontrar, en esa especie de restricción autoimpuesta, una manera parecida a la de los versos de Carver de observar la vida desde las pequeñas cosas: el mundo de fuera captado desde la intimidad de la estancia, el firmamento y la futilidad de la existencia observados desde el punto de vista de un caracol... Tal vez el cine tenga también una cualidad parecida y nos haga quedarnos "siempre atrás", como dice el poeta, "tomando breves notas a distancia" y sintiendo "ese ruido en la calle cada vez más tenue". Como si las imágenes nos permitieran salir de un confinamiento simbólico en el ensimismamiento de nuestras vidas cotidianas y sentir las reverberaciones de la gran aventura humana en toda su dimensión.

 

© Mireia Iniesta y Lucas Santos, octubre 2021