
Así llegó la noche. Todo se equilibra al final
«Non é o silencio o que habita esta casa,
senón a voz de quen estivo e xa non está.
O tempo é un rastro de luz sobre o papel,
unha postal enviada dende o frío.»
-Xulio López Valcárcel,
Memoria de agosto (1993)

Así llegó la noche, la última película de Ángel Santos, explora y expande el pequeño universo de su cortometraje Así vendrá la noche (2021), ambos coescritos por el propio Santos y Pablo García Canga. El corto lo atravesaba la voz de Andrea (Violeta Gil), que se dirigía a Pablo (Denis Gómez), su ex pareja, a través de un mensaje de audio en un móvil. Cuatro años después, Así llegó la noche arranca con el silencio de Pablo, un escultor que ha establecido su taller en una zona rural gallega, aislándose de todo y de todos. La misma postal que veíamos sobre el escritorio de Andrea en el corto -una reproducción del cuadro La vieille maison Holton à Montréal (1908) de James Wilson Morrice- ahora cuelga de una pared de la habitación de Pablo. La imagen muestra un paisaje invernal, con un trineo tirado por un caballo, en primer término, y una casa con el tejado cubierto de nieve, al fondo. La postal del pintor canadiense permanece como una pequeña ventana (Andrea se ha casado y vive en Canadá) y como símbolo de un tiempo congelado en la memoria. El móvil de Pablo, en cambio, acaba irónicamente dentro de un jarrón, después de que otro audio (un amigo le pregunta por una futura exposición) rompa el silencio de los primeros compases del film.
Pero las conexiones entre Así llegó la noche y la obra precedente de Santos no se limitan a esta especie de prólogo de hace cuatro años. De hecho, aunque con personajes diferentes, cada nuevo largo del pontevedrés parece una continuación del anterior. En Dos fragmentos/Eva (2012) asistíamos a la ruptura de una pareja de amantes. La toma de decisión, las dudas, el miedo y la deriva asaltaban a Eva, el personaje central. En Las altas presiones (2014), Miguel -un joven cineasta que vuelve a Pontevedra para buscar localizaciones- se mostraba en pleno proceso de duelo. Todavía con rabia contenida, el personaje caminaba intuitivamente hacia una posible redefinición de sí mismo. En Así llegó la noche, por fin, tenemos una especie de aceptación serena del dolor, pero también un cuestionamiento de cómo se han reinventado los antiguos amantes.

Incluso el mencionado cuadro de Morrice parece dialogar con otro cuadro usado por Santos en sus dos primeras películas: Le lit (1892) de Tolouse-Lautrec. Perteneciente a la serie “Au le lit”, el cuadro muestra a una pareja en la cama. Una clara referencia al calor y la intimidad de los enamorados que, en Las altas presiones, adquiere un tono más melancólico. Ese pasado compartido es ahora una separación en el presente. La casa de la pintura de Morrice permanece cerrada y cubierta por la nieve, en un recordatorio de la distancia que separa ahora a la pareja y la imposibilidad de volver atrás. Tampoco parece del todo casual que el cuadro del canadiense sea solo unos años posterior al de Tolouse-Lautrec.
Así llegó la noche nos devuelve, más de una década después, a un Ángel Santos que parece haber madurado con sus personajes. Aunque muy conectado con los dos anteriores, su tercer largometraje es el más rico, consistente y redondo. Estructuralmente, de hecho, vuelve y perfecciona el planteamiento de su debut. En Dos fragmentos/Eva, el personaje del amante (Manuel) desaparece justo a mitad del metraje, cuando Eva se arma de valor y le pide que se vaya. A partir de ahí, Eva se queda como protagonista única, y la veremos deambular hasta tener un encuentro fortuito, en un bar, con un jovencito llamado Mateo. El personaje de Mateo representa una energía nueva que forzará a Eva a salir, aunque sea momentáneamente, de su ensimismamiento.
Así llegó la noche dobla la apuesta con una clara división en tres bloques. El primero, dominado por el silencio, muestra a Pablo en su día a día. A continuación, con la llegada de Andrea, el relato pasa a apoyarse en las largas conversaciones que mantendrán ambos. Finalmente, tras la desaparición -ni anunciada ni justificada- de Pablo, nos quedaremos a solas con Andrea en su periplo por encontrarlo. Será, precisamente, la ausencia de Pablo lo que destape las debilidades y los miedos de Andrea, hasta entonces muy segura de sí misma, al menos de cara al exterior.

También aquí el personaje femenino acaba teniendo un encuentro con un chico muy joven. Pero si en Dos fragmentos/Eva era él quien hablaba todo el tiempo, mientras Eva se dejaba llevar, ahora se intercambian los papeles: la presencia del joven desconocido permite que Andrea vuelque sobre él un largo y liberador monólogo. Todas las películas de Santos muestran lo importante que es saber escuchar. Y no solo a los demás. También cobra una dimensión trascendental escuchar los sonidos de la naturaleza, los silencios o la música. No hay más que ver las escenas del concierto de la banda de rock Unicornibot, al que asiste Miguel en Las altas presiones, o el fragmento de la ópera de Henry Purcell, que Mateo pone en su tocadiscos para compartir con Eva. En ambos casos, Santos focaliza su interés en los rostros de sus personajes. Todos ellos escuchan en silencio, pero percibimos que cada uno siente algo diferente.
Hasta que reaparece Andrea, Pablo solo intercambia algunas palabras con el vigilante del camping (Miquel Insua) un personaje que supone un contrapunto cómico importante. Su verborrea de filósofo nihilista, de vuelta de todo, contrasta con el mutis de Pablo, a la vez que desmitifica la melancolía de este. La “voz” de Pablo está representada por la cantidad de fotos, postales y recortes que copan la pared de su dormitorio. Un mapa mental desordenado, capas de tiempo. Un pasado nostálgico, en definitiva, que acabará sustituido por la practicidad presente del pósit. Y es que, como anuncia uno de esos pedazos de papel, “todo se equilibra al final”. El silencio encuentra a la palabra. El protagonismo de Pablo, su soledad, su deriva, su necesidad de volver a empezar, en el primer tercio, afloran en Andrea en el último tramo. Pablo desaparece. Andrea se encuentra.
El mismo equilibrio, en realidad, se puede extender a las tres películas de Ángel Santos si las contemplamos como un todo: ella (Eva) protagonizaba Eva/Dos fragmentos y él (Miguel), Las altas presiones; en Así llegó la noche, por fin, cada miembro de la ex pareja tiene su propio capítulo. Casi se diría que nunca abandonamos del todo a Eva y Miguel. Ambos dejaron ese rumor de pasos, esa herida que siempre queda donde estuvimos. Y Santos, en un acto de responsabilidad afectiva, los ha rastreado hasta completar una valiosa trilogía.
© Xavier Romero, mayo 2026