Atlántida Mallorca Film Festival 2021 (2ª parte)



La programación del Atlántida Mallorca Film Festival ha tenido una rica y variada oferta de cine documental. Cine comprometido y didáctico, filmado a través de miradas poliédricas que siempre tenían, implícito o no, un fuerte componente político. Destacó, dentro del grupo, el aterrador díptico que forman las finlandesas Lost Boys (Joonas Neuvonen y Sadri Cetinkaya, 2020) y Reindeerspotting. Escape from Santaland (Joonas Neuvonen, 2010). Experimentar las dos cintas en orden inverso fue una experiencia sobrecogedora.


Lost Boys cuenta en su primer segmento la escapada de tres amigos al sudeste asiático, donde entran en una espiral de drogas y sexo abordada con un tono casi existencialista. El operador de cámara, uno de los directores, es también uno de los amigos, con lo que el relato resulta totalmente inmersivo. Gracias a esta circunstancia, lo íntimo y lo cotidiano toman tintes de película de terror. Lost Boys es una historia de búsqueda en primera persona que lleva al narrador a encontrarse en espacios de una sordidez brutal. Una road movie documental, en forma de pesadilla, y un descenso a los infiernos acompañado de una voz en off robótica, casi enervante, que amplifica la experiencia.


Reindeerspotting transcurre varios años antes de Lost Boys. También es una experiencia inmersiva. En este caso, la cámara de Joonas Neuvonen sigue exclusivamente la caída total y absoluta en el mundo de las drogas duras de Jani, uno de los chicos de Lost Boys. Verle con 19 años, conociendo ya cuál será su destino, hace todavía más trágico el visionado inverso. El relato pone su mirada en la alienación que sufren los adolescentes en una perpetuamente nevada Finlandia. El odio de Jani hacia su Rovaniemi natal, donde nunca pasa nada, es el detonante de un viaje por Europa hacia ninguna parte. Cine directo y crudo que rezuma verdad por los cuatro costados.



En la vertiente más política, pudimos ver títulos como I Am Mot Alone (Garin Hovannisian, 2019) o Coup 53 (Taghi Amirani, 2019), dos documentales que, pese a usar material de archivo y entrevistas, coquetean con las dinámicas del cine de ficción. La primera documenta la trayectoria del periodista y activista Nikol Pashinián (el héroe) durante la revolución armenia de 2018, hasta convertirse en el actual primer ministro del país, tras forzar la dimisión de Serzh Sargsian (el malo), el cual se había auto adjudicado el cargo con una triquiñuela legal. Además, Pashinián acaba reclutando, sorpresivamente, al mismo jefe de policía al que se había enfrentado anteriormente en numerosas manifestaciones (el "secuaz" del malo que acaba empatizando con el héroe).


La coyuntura política y territorial que se vive estos días en Afganistán pone de actualidad lo que narra Coup 53, que cuenta la (poco conocida) historia del golpe de estado que derrocó al presidente Mosaddeq en 1953 en Irán. Mosaddeq, elegido democráticamente en las urnas, decidió nacionalizar el petróleo del estado, saqueado hasta entonces por el colonizador Reino Unido. Una operación dirigida por la CIA y el MI6 se encargó de derrocar al presidente y reinstaurar la figura del Sha en la antigua Persia.


Amirani realiza un trabajo de investigación soberbio, que le ha llevado casi una década, y de ritmo endiablado, combinando imágenes de archivo, entrevistas (actuales y recuperadas) y secuencias de animación rotoscópicas. El intervencionismo americano y británico en otros estados es el eje central del relato, que pone de manifiesto un imperialismo que aún no ha desparecido. Pero lo mejor es cómo Amirani, hábilmente, se sale de la historia principal para contar el larguísimo proceso por el que pasa el realizador en su investigación, poniendo en valor los archivos fílmicos, televisivos, públicos y privados, remarcando la labor de los que los llevan a cabo. La memoria está representada por ese archivo y por los que registraron las imágenes y entrevistas en décadas anteriores. Amirani les da una voz que les suele ser negada. El documental está coguionizado y editado por el histórico montador Walter Murch, y cuenta con la aparición del actor Ralph Fiennes, al que se le reserva un papel en la historia que viene a cubrir el hueco de una entrevista “perdida”.


Próximamente últimos días (Miguel Eek, 2021) y An Impossible Project (Jens Meurer, 2020) proponen sendas elegías sobre la manera de concebir y consumir el cine y la fotografía, respectivamente. Pongámonos en antecedentes respecto a la primera: El cine Renoir de Palma de Mallorca cerró sus puertas en mayo del año 2012. Un espontáneo grupo de ciudadanos formó una asociación que lo reabrió unos meses después con el nombre de CineCiutat. Se convirtió así en el primer cine cooperativa de España financiado con las cuotas de sus socios. Tras casi una década sobreviviendo a duras penas, actualmente se encuentra en unas condiciones económicas que hacen muy difícil su continuidad.



En un largometraje observacional, la cámara de Miguel Eek se sumerge en las entrañas del cine y en la vida de sus trabajadores y responsables, mostrando la decadencia de las instalaciones y las preocupaciones derivadas de la situación de un espacio que afronta su posible cierre. Próximamente últimos días peca de cierta frialdad narrativa, tal vez vinculada al método elegido para filmar. Donde la cinta encuentra sus mejores momentos es en las conversaciones cotidianas entre los trabajadores del cine, que destilan verdad y un naturalismo muy orgánico. La elegía sobre la desaparición de los cines se queda así en un slice of life que entretiene pero que no profundiza demasiado en el tema.


An Impossible Project, por su parte, empieza hablando del rescate de la última fábrica de Polaroid para acabar poniendo su mirada en el mundo analógico en general y las personas que quieren recuperarlo. La película sigue a un grupo de románticos quijotes en busca de empresas imposibles. Amantes de la fotografía en soporte fotoquímico, la imprenta, los discos de vinilo o la escritura manual, que intentan desvelar ante la cámara las razones por las que el soporte analógico es “mejor”. Desgraciadamente no se establece una dialéctica real entre lo analógico y lo digital. Solo se resaltan las presuntas bondades de lo analógico con argumentos manidos y nostálgicos y palabras vacías como “lo tangible”. Se obvia totalmente la vertiente económica y globalizadora del triunfo e instauración de lo digital en nuestras vidas, que esconde un conflicto de clase.


En el fondo lo que estamos viendo es un grupo de entrepeneurs millonarios que evocan toda una cultura por motivos poco claros. Meurer ofrece un único punto de vista: el del burgués con ideas, que al final va a ser el único que puede permitirse el producto que tanto desea que vuelva. Algo parecido ocurre con I am Gen Z (Liz Smith, 2021), estudio exhaustivo de la llamada Generación Z (los nacidos entre 1997 y 2005), vinculándola a la revolución digital y las redes sociales. Plano y funcional, el film configura un discurso ultraconservador que se dedica demonizar el progreso tecnológico y el efecto social que produce en la población más joven. Un documental alarmista y maniqueo de, otra vez, un solo punto de vista. El conjunto suena como un padre que, incapaz de entender que el futuro está ligado al progreso tecnológico, riñe indignado a su hijo.


Y así, de vuelta a la sala, sintiéndonos afortunados de poder disfrutar en nuestra ciudad de un festival presencial de primer nivel, pero sin renunciar a los nuevos canales de la era tecnológica, despedimos esta edición sobresaliente del AMFF, cuya andadura en línea termina en Filmin mañana, 26 de agosto.


© Jorge Pérez Iglesias, agosto 2021