D’A 2020. Me filmo, luego existo.

May 17, 2020

 

Capítulo 1: Resurrecciones

 

Vaya por delante mi reconocimiento a los responsables del D’A. Su apuesta por mantener las fechas previstas, trasladándose a una plataforma online, se ha saldado muy favorablemente. Una de las ventajas de esta edición excepcional ha sido poder ver más películas de lo acostumbrado, lo que nos ha permtido tener una percepción más aproximada de la senda que transita el más reciente cine de autor.

 

De todo lo visto, destacaría los tres documentales, digamos puros, que se escondían entre la sesentena larga de títulos de la programación, y que resucitan a tres artistas célebres: un escritor (Bruce Chatwin), un cineasta (Andrey Tarkovsky) y un cantante (Charles Aznavour). A ellos añado, con entusiasmo, una ficción que, curiosamente, nos habla de una resurrección: This Is Not a Burial. It’s a Resurrection del director de Lesoto Lemohang Jeremiah Mosese. 

 

Muchos se han apresurado a comparar This Is Not a Burial con la brasileña Bacurau, filmadas a la par. Y cierto es que coinciden en la base argumental (un pueblo amenazado por la especulación urbanística), en combinar varios registros y en su filiación con el western. Sin embargo, son dos películas muy distintas. Lejos de la textura de spaghetti western de Bacurau, el film de Mosese es profundamente fordiano. No en vano arranca con una madre esperando la vuelta de su hijo a casa. La comunidad, el arraigo a la tierra, el impacto del progreso, la comunicación con los muertos. Una fogata nocturna y hasta algún plano que remite a Centauros del desierto. No es fácil mantener el equilibrio entre la leyenda (el músico narrador), la denuncia social y lo poético, pero This Is Not a Burial ofrece momentos de una belleza y emoción desbordantes.

 

Puede que el último Herzog no sea el más audaz, pero quien piense que Nomad: In the Footsteps of Bruce Chatwin es un documental convencional y egocéntrico se equivoca. Nomad es un viaje físico y espiritual sobre la amistad y la colaboración artística entre Herzog y el escritor de viajes Bruce Chatwin, muerto en 1989 víctima del sida. Quizá se eche en falta la ambigüedad de otros retratos del alemán, pero es que aquí lo relevante es la experiencia de caminar. Rehacer los pasos de su amigo es la mejor manera de devolverlo a la vida.

 

 

También hay un repaso artístico, aquí exhaustivo y cronológico, en el documental que Andrey A. Tarkovsky ha dedicado a su padre. Andrey Tarkovsky. A Cinema Prayer ensambla diversos materiales con eficacia y aliento poético. La fuerza que cobra la palabra del maestro sobre las imágenes de su propia obra hace que casi parezca una autobiografía post mortem.

 

En este sentido, aún más revelador resulta Aznavour by Charles (Marc Di Domenico), un montaje endiabladamente ágil realizado con el material filmado por el propio Charles Aznavour durante décadas, entregado a Di Domenico poco antes de morir. Una sorpresa descubrir la importancia que tuvo la cámara para el cantante y la sensibilidad que mostraba al filmar. No en vano, la lectura de sus diarios, que acompaña a las imágenes, incluye frases como “me filmo, luego existo” o “filmo para sentirme más cerca de las cosas”.

 

Habrá que creer que Di Domenico no nos la ha jugado como sí hace Nuria Giménez en My Mexican Bretzel, una de las obras más elogiadas del festival y sorprendente Premio del Público. La directora catalana recupera unas películas domésticas de sus abuelos para crear una ficción entorno a una mujer de clase acomodada. Para tal fin, inventa un diario íntimo (sin voz en off) que a veces subraya lo que vemos, otras dispara aforismos  y, afortunadamente, a ratos se intuye socarrón. En todo caso, un desvío interesante dentro de esa tendencia al ensimismamiento (archivos familiares, metaficciones, diarios íntimos en primera persona…) de cierto nuevo cine español, presente en el festival.

 

 

Capítulo 2: Retratos

 

Si por algo se ha caracterizado el D’A de este año es por la multiplicidad de retratos. La Mami (Laura Herrero Garvin) nos presenta a la veterana encargada de los baños públicos de un cabaret mexicano donde trabajan mujeres de compañía. Se trata de un documental con una cuidada puesta en escena que encapsula a sus protagonistas fuera de tiempo. Este factor, el juego entre los dos únicos espacios y la relación creciente entre la Mami y una de las chicas compensan cierto déficit de garra.

 

Nevia tampoco tiene el arrojo de una Rosetta (Dardenne), por ejemplo, pero tiene una buena excusa. Basándose parcialmente en su propia experiencia, Nunzia De Stefano elabora, en su debut, una suerte de cuento (final feliz incluido) sobre una chica de 17 años que vive en un barrio pobre y corrupto, y que encontrará su vía de escape en la fantasía del circo.

 

Lo mismo se puede decir de Los Lobos, filme autobiográfico de Samuel Kishi, que muestra las desventuras de una mujer y sus dos hijos pequeños (“los lobos”), inmigrantes mexicanos en EEUU. El protagonismo de los niños justifica, en este caso, la candidez del relato. Como la anterior, una cinta entretenida en la que es inevitable empatizar con sus sufridos protagonistas.

 

Al igual que Nevia, All for my Mother es una primera película de una directora (la polaca Malgorzata Imielska) centrada en una chica de 17 años que lucha por escapar de un entorno hostil. Ola vive en un orfanato y hará lo que sea por reencontrarse con su madre. Aquí, el cuento dickesiano se transforma en un melodrama hiperrealista. Una forzada exhibición de atrocidades que, pese a todo, no renuncia a un final feliz poco convincente.

 

Ya en versión masculina, Oleg sigue la estela de los Dardenne de La promesa o El silencio de Lorna, no despegándose de un joven letón que busca mejor suerte en Bruselas y acaba atrapado en una red mafiosa. A la película le sobra la metáfora bíblica e incluso el leitmotiv del personaje sumergido bajo una capa de hielo. Por lo demás, se sigue con interés.

 

 

Khadija, la protagonista de Ghost Tropic, también es una inmigrante en Bruselas. Pero el acercamiento de Bas Devos es muy diferente. El film nos cuenta cómo una mujer musulmana se queda dormida en el último metro y tiene que volver a casa a pie. Un argumento digno de Kiarostami o Panahi pero ¡ay!, sin la magia de estos. Quizá le pesa un poco su estudiada planificación. Aún así, este paseo nocturno, con apuntes sobre la solidaridad, entraría en mi top 10 del último D’A.

 

No han sido tantos los retratos realistas de parejas. Nocturnal, primera película de ficción de la documentalista Nathalie Biancheri, cuenta la relación entre un hombre de 33 años y una adolescente de (¿lo adivinan?) 17. Biancheri juega bien la baza del espacio, una ciudad industrial inglesa filmada en tonos ocres. También acierta al revelarnos pronto el secreto que atormenta al personaje masculino, ya que lo interesante es acompañarlo en sus dificultades para desvelárselo a la chica.

 

Monsters, debut del rumano Marius Olteanu, se divide en tres episodios, de interés decreciente. Los dos primeros llevan el nombre de sus respectivos protagonistas (Dana y Arthur), y están filmados en formato cuadrado (tan de moda) para subrayar el aislamiento de los personajes. El tercero se abre con un curioso plano en el que la pantalla se va ensanchando hasta dar cabida a la pareja reunida. Por degracia, Olteanu acaba abusando de este recurso y no atina en la resolución del conflicto.

 

 

Capítulo 3: Retorciendo los géneros

 

Por otra parte, un buen número de películas han escarbado en el cine de género para construir ficciones más o menos atípicas. Una de ellas, la islandesa Un blanco, blanco día (Hylnur Pálmason), resultó premiada como mejor film de la sección competitiva (Talents), en la que solo participan autores con un máximo de dos largos en su haber. Un blanco, blanco día arranca bien, con un accidente en la niebla y una bella sucesión de elipsis sobre una casa. Sin embargo, Pálmason parece haber construido el grueso de su película (acompañar al protagonista en su proceso de duelo) no como un fin en sí mismo, sino como una preparación para impactarnos con la explosión de rabia que precede al repentino y exagerado viraje hacia el thriller de venganza. La metáfora final del túnel, aunque efectiva, también resulta algo forzada.

 

Más extraño es el resultado del último trabajo de Arnaud Desplechin, Roubaix, une lumière, en su primera incursión en el cine policiaco. Todavía me pregunto si los largos interrogatorios y la recreación del crimen, en la segunda mitad, son una redundancia inútil o un intento de experimentar con la estructura narrativa. Curiosa.

 

La argelina Abou Leila, del debutante Amin Sidi-Boumédiène, y la ucraniana Atlantis (Valentyn Vasyanovych) se podrían definir como sendos tratados sobre los efectos de la violencia. Los protagonistas son, respectivamente, un ex policía y un ex soldado, ambos con síndromes postraumáticos. Las dos películas dan mucho protagonismo a los paisajes desolados: el desierto, en el caso de la primera, una zona en ruinas, en el de la segunda . Quizá Abou Leila se vuelva demasiado explicativa al final y Atlantis, demasiado hermética. Sin embargo, las dos ofrecen algunas imágenes realmente poderosas.

 

Atlantis también entra, por poco, en el terreno de la distopía, ya que su guerra acontece en 2025. Lo post-apocalíptico del paisaje, y un plano que recuerda al 1984 de George Orwell, inciden en ese aspecto. También en un futuro cercano, y ya jugando por completo con el género de la ciencia ficción, topamos con Little Joe, último trabajo de la austriaca Jessica Hausner, protagonista además de la retrospectiva de esta edición.

 

 

Little Joe se inspira abiertamente en La invasión de los ladrones de cuerpos (versión de Philip Kaufman), substituyendo las plantas alienígenas por flores creadas artificialmente en un invernadero. Desafortunadamente, tras una primera media hora apasionante, la película no acaba de profundizar en los temas que apunta, se vuelve reiterativa y al final pretende hacerte dudar inútilmente de la salud mental de la protagonista. Una lástima porque, por lo demás, este personaje está muy bien construido y la película es visualmente fascinante.

 

Para acabar, dos obras muy diferentes pero que coinciden en hacer un uso constante y elocuente de las pantallas. En la noruega Disco (Jorunn Myklebust Syversen), que recupera el tema de las sectas religiosas, la presión social y el control se ejercen a través de cámaras y televisores. Lo más interesante es el paralelismo entre una de las congregaciones y el baile disco de competición, del que la protagonista es campeona mundial. Lástima que no experimente más con esta parte para generar una mayor incomodidad física en el espectador.

 

Por su parte, Kiyoshi Kurosawa, tras bordar el cine de género hace más de dos décadas (Cure y Kairo), sigue desconcertándonos ahora con películas difíciles de clasificar que, eso sí, se desarrollan sin estridencia alguna. To the Ends of the Earth muestra los esfuerzos infructuosos de un equipo de TV por captar la vida en Uzbekistán, reflejando muy bien el choque cultural y los problemas de comunicación. Si Disco nos habla del control, To the Ends lo hace del miedo. La protagonista vive con él. Miedo al otro. A lo desconocido. Miedo a perder a su novio. Un paseo sin rumbo, cámara de vídeo en mano, hará que el film se adentre, aunque no por mucho tiempo, en el cine de suspense. Un proceso necesario, a la postre, para el aprendizaje de la joven reportera.

 

 

© Xavier Romero, mayo 2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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